El Arquillo del Reloj

Compite, con la serena ermita de Santa Ana, en la ostentación del privilegiado título de “icono de Chiclana de la Frontera”. La Torre del Reloj, popularmente conocida como “Arquillo del Reloj”, vigila desde sus 30 metros de altura cada uno de los amaneceres y crepúsculos de la villa. Aunque nunca fue su función servir de centinela en las alturas. El visitante que viene a hacer turismo en Chiclana, en plena Bahía de Cádiz, alzará la vista en algún momento para contemplar la pizpireta torre. Quizás cuando salga de la Iglesia Mayor, el templo de San Juan Bautista que se halla tan cerca de ella. Y con la que mantiene una estrecha relación: la iglesia, inconclusa, se quedó sin las dos torres proyectadas que habrían de servir como campanarios. De esta manera, la Torre del Reloj, edificio no religioso, asumió las labores de campanario del templo vecino. Arquitectura neoclásica, sacra y civil se dieron, pues, la mano; en una muy estrecha colaboración que perdura hasta nuestros días…

Y es que, en la primera mitad del siglo XVIII, Chiclana era una sociedad agraria que vivía su día a día entre la dura labor del campo y el fugaz respiro que suponían las fiestas, religiosas o profanas. En su famoso “Estudios sobre España: Sevilla y Andalucía” (1855), el hispanista francés Antoine de Latour del siglo XIX concluyó que las festividades en el sur eran “la única preocupación de su espíritu”. Así, desde el Corpus Christi a las corridas de toros, la villa chiclanera cumplía a rajatabla un calendario festivo y religioso dirigido por la Iglesia y el Concejo (las instituciones que ostentaban el poder político y social, según José Luis Aragón Panés), en el que el esparcimiento puro y duro se combinaba con la participación popular. Hasta hoy.

El “Arquillo del Reloj” ha acompañado las horas de cada día de trabajo o asueto chiclanero desde 1759, año en que comenzó su construcción. La idea era -tal y como relata en este artículo Jesús A. Cañas– levantar una estructura como parte del Ayuntamiento (y que ésta contara con un reloj). Lo paradójico, ya en el Siglo de las Luces, fue su uso, pues además de marcar las horas, sus funciones consistían en avisar a la feligresía para la misa, amén de otros eventos religiosos: “salidas procesionales, fallecimientos o el Ángelus”, escribe Cañas. La religión constituía un elemento fundamental en la cotidianidad del pueblo; podía ser tan solemne como bulliciosa.

Arquillo de Chiclana

Monumento Nacional (según publicó un BOE de 1985), la Torre del Reloj está inscrita como Bien de Interés Cultural (BIC), es uno de los edificios más representativos de Chiclana y forma parte de su itinerario turístico monumental. Ubicada junto a las llamadas Casas Consistoriales -el antiguo Ayuntamiento de la plaza Mayor-, el “Arquillo del Reloj” estuvo listo en octubre de 1764, según Aragón Panés. Además de ser la torre del reloj, fue depositaria del arca de las tres llaves y el archivo del Pósito. Un famoso relojero sevillano –José de Varales– iba a ser el encargado de fabricar el reloj y fundir la campana… Algo que nunca sucedió, a juzgar por los documentos consultados por Domingo Bohórquez, quien afirma que nunca llegó a instalarse el mecanismo del maestro relojero. Hubo otros relojes, eso sí. Hasta tres, si bien solamente dos de ellos se exponen en el Museo de Chiclana (uno data de 1864; otro, de principios del siglo XX).

La Torre del Reloj se estructuró en cuatro cuerpos superpuestos y realizados con sillares de piedra ostionera (típica de la zona, bien labrada y con sus juntas muy marcadas). El primero es el que le da nombre, precisamente: el arco de medio punto que conecta la vía con la plaza, sobre el que se levantan dos arcos más, ciegos en este caso. El cuerpo principal, de nueve metros de altura, es el que contiene el reloj propiamente dicho. Sobresalientes, las fuertes cornisas horizontales separan los distintos cuerpos entre sí. Las campanas, por su parte, vienen a continuación, y están alojadas en un cuerpo octogonal que presenta cuatro arcos de medio punto, con barandillas de hierro forjado; tres son las campanas de la torre, de diferentes tamaños cada una. La cúpula, cubierta semiesférica y revestida de azulejos, corona la estructura, rematada con una cruz latina.

El barrio de San Juan Bautista ve salir la calle Arquillo del Reloj hasta la de la Huerta Chica. La primera comunica la plaza Mayor con la plaza de San Carlos y, como relatan Manuel Meléndez Butrón y Francisco Javier Yeste Sigüenza en su callejero histórico chiclanero -“Calles y plazas de Chiclana de la Frontera (Nomenclatura histórica desde 1700)”-, es sinuosa, descendente y algo estrecha. Se trata, además, de una de las vías más transitadas de la villa, tanto por lugareños como por visitantes que se acercan a hacer turismo al pueblo de Mendizábal. Medio siglo antes de que se construyera la Torre del Reloj, la calle se llamaba De la Cárcel (1708), puesto que allí era donde se localizaba la prisión de Chiclana.

Turismo cultural en Chiclana

Se sabe que la torre fue una de las entradas a la antigua zona amurallada de la ciudad, la que dominaba el paso sobre el río Iro. Uno de sus vestigios es el arco que sustenta el propio Arquillo, procedente de la cerca de las murallas. La que en los tiempos de la desaparecida fortaleza fue entrada de Chiclana nos retrotrae a la propia reconquista cristiana. Sin embargo, la historia del monumento arranca en pleno período ilustrado, y por motivos meramente funcionales: hacía falta reparar el reloj existente en la primitiva torre y se aprovechó para reformarla. Los avatares de la iglesia de San Juan Bautista contribuyeron, igualmente, a diversificar las funciones del “Arquillo del Reloj” como reloj-campanario.

La Torre del Reloj, el austero “Arquillo del Reloj” y hermoso monumento de estilo neoclásico, constituye uno de los atractivos para hacer turismo en el Centro Histórico de Chiclana de la Frontera. Un edificio que en su interior apelaba a la funcionalidad. Las vistas desde la torre son espectaculares, e inusuales, como apunta Cañas: “la iglesia de San Sebastián, la de Santo Cristo, las marismas o el Puente Azul pueden verse desde lo alto”. También la ermita de Santa Ana, con la que mantiene una sana competencia. El Arquillo -al igual que la ermita- domina el paisaje chiclanero en su conjunto. No se entiende la villa sin estos dos emblemas.

Texto de Isabel Guerrero para dechiclana.com