El Templo

Historia

Caballeriza y cuartel del ejército imperial francés -durante la ocupación napoleónica, a principios del del siglo XIX-, Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1975, joya del Neoclasicismo gaditano, monumento imprescindible… La llamada Iglesia Mayor de San Juan Bautista de Chiclana de la Frontera es un auténtico orgullo para la villa. “Un monumento espiritual”, en palabras del padre Francisco José Aragón Calderón, que fue emergiendo después de no pocas vicisitudes históricas, y que ha alcanzado el siglo XXI como uno de los monumentos religiosos más importantes de la Bahía de Cádiz. Visitar la iglesia de San Juan Bautista en Chiclana es obligatorio, casi, para cualquiera de los turistas que acuden a la villa. Su ligazón con la tradición neoclásica -que tanto predicamento tuvo en territorios sureños- la convierte en imprescindible.

La impresión inmediata, al contemplar su (serenísima) fachada principal, es magnífica. Su aire catedralicio impresiona a primera vista. Tres son las calles que la estructuran, articuladas a través de cuatro pilastras enormes de orden jónico. Lateralmente se sitúan dos arcos de medio punto, así como vanos, rectangulares y circulares. La puerta, colocada en el centro, tiene como remate un frontón triangular; se compone de dos cuerpos flanqueados por columnas pareadas de orden corintio, coronadas por un segundo frontón curvo. En su interior se conserva parte del bajorrelieve dedicado al Descendimiento que perteneció a su retablo mayor (obra realizada hacia 1552 por el escultor de origen flamenco Roque Balduque junto al pintor Andrés Ramírez), así como dos lienzos barrocos atribuidos a la escuela de Zurbarán.

Ubicada en la plaza Mayor, esta importante iglesia se alza sobre una planta de salón con tres naves -una central considerablemente más ancha que las laterales-, y presenta el crucero cubierto por una cúpula sobre pechinas (compuesta por tambor octogonal y cubierta de casquetes). Las naves están separadas por medio de pilares cuadrados con pilastras jónicas adosadas. La cabecera es de planta rectangular, mientras que las dos capillas situadas a ambos lados son ovales. Las cubiertas están resueltas mediante bóvedas vaídas. A los dos lados de la capilla mayor están colocadas sendas capillas de planta elíptica, articuladas por pilastras jónicas.

En cuanto a la torre -de caracteres barrocos típicos de mediados del siglo XVIII-, ésta se halla aislada de la iglesia y es de planta cuadrada; con un primer cuerpo que alberga un arco de medio punto (que da paso a la calle donde se ubica). Una planta octogonal le sigue, articulada mediante pilastras y rematada por un casquete semiesférico. No obstante se trata de una obra inacabada… Con el encanto que solamente pueden tener las obras inacabadas, claro está.

Torcuato y Torcuato

Hubo un templo anterior datado en 1510 sobre el que se levantó esta iglesia, la más señera de Chiclana. En aquel solar se acometieron en 1773 las obras de un panteón que terminaron en derribo, dado que los muros se habían resquebrajado. Se inició entonces un nuevo proyecto -en 1776-, con la primera piedra colocada por el canónigo D. Andrés del Barco (comisionado por el Obispo de la diócesis, Fray Tomás del Valle). Así comenzó la construcción de la nueva iglesia, en el último tercio del siglo XVIII y bajo la dirección de Torcuato Cayón de la Vega, arquitecto gaditano (responsable, igualmente, de la ermita de Santa Ana). Cayón, del que se conserva un retrato en la catedral de Cádiz, continuó con las obras hasta su fallecimiento. Entonces tomó el testigo Torcuato José de Benjumeda, quien trabajó en ella hasta su muerte en 1836. Benjumeda acabó en 1815, una vez finalizada la ocupación francesa, relata José Luis Aragón Panés, en su “Breve historia de Chiclana” (2011). Él fue el que perfiló la personalidad neoclásica del edificio que todavía perdura.

Sin embargo, el templo consagrado a la figura del Bautista hubo de sufrir daños graves y expolios a lo largo de la contienda contra los invasores napoleónicos. Constituye un ejemplo de arquitectura religiosa que, en un contexto bélico, adquiere usos adaptados a la situación (en este caso, los franceses la tomaron como cuartel). No sería, por lo demás, el único contratiempo que soportó: a finales del siglo XVIII, la prohibición de importar mármol italiano se había traducido en la necesidad de contar con recursos locales. De ahí que hubiera que recurrir a la conocida como piedra ostionera -obtenida de la playa de La Barrosa-, e incluso a lo que quedaba del antiguo castillo.

Tanto Cayón como Benjumeda -ambos arquitectos y con relación de parentesco pues eran padrino y ahijado, respectivamente-, fueron vitales en la construcción de los edificios más importantes de Chiclana. Tanto las muestras de arquitectura religiosa como los ejemplos de proyectos civiles chiclaneros, en su mayoría, llevaron la firma de estos profesionales. Sin olvidar a actores secundarios no menos relevantes: desde Manuel Espinosa (cantero, profesor y aparejador) a Pedro Ovando (maestro albañil de la villa), pasando por benefactores harto conocidos en el pueblo (Nicolás de la Cruz Bahamonde, conde de Maule, o Antonio Pizano, entre otros).

Celebración II Centenario San Juan Bautista

A principios de 2015 finalizó la programación dedicada a celebrar el segundo siglo de esta importante iglesia, considerada la “catedral” de Chiclana. La clausura de la muestra “Vox Clamantis. Arte e historia en la Iglesia de San Juan Bautista. 1814-2014” fue el acto central de esta efeméride. El Museo de Chiclana albergó esta exposición, coordinada por el gestor cultural y periodista Juan Carlos Rodríguez. Rodríguez, en un artículo publicado en el Diario de Cádiz, puso el énfasis en la extraordinaria importancia que esta edificación religiosa atesoraba para todos aquellos chiclaneros que desde 1874 “soñaron con un gran templo que, a la vez que una gran ofrenda a Dios, fuera símbolo del poder económico de una Chiclana que vivió en primera línea el comercio de Indias y el gran desarrollo burgués de la segunda mitad del siglo XVIII”

Chiclaneros de cualquier condición y clase social: el clero ilustrado y la naciente ciudadanía, estratificada entre el pueblo llano y los nuevos acaudalados. La financiación de la obra corrió a cargo de los beneficios parroquiales, así como gracias a arbitrios concedidos por el rey. Igualmente, la apoyaron gentes de la capital gaditana que por la villa pasaron. El templo fue bendecido un 23 de junio de 1814. Al día siguiente ya se estaba celebrando la primera misa.

Ciudad neoclásica

“El templo, de medidas inusuales y extraordinaria presencia, simboliza el original neoclasicismo gaditano”, escribe Juan Carlos Rodríguez en su blog, El ojo de la liebre. Se trata de un ejemplo arquitectónico extraordinario, de un edificio que habla y es capaz de contar su propia historia, piedra a piedra: el relato de una villa que vivió tiempos de pesadilla, “un verdadero cataclismo”, en palabras de Aragón Panés. La Guerra de la Independencia, conocida también como la Guerra de la Usurpación (1808-1814), supuso un antes y un después en el pueblo chiclanero.

Su condición de pueblo de frontera “entre la España ocupada y la España libre”, se saldó con una ocupación francesa nefasta para el campo, que implicó numerosas tropelías, amén de “la muerte de muchos hombres inocentes”, tal y como rememoraba amargamente en su epistolario la gran Frasquita Larrea. Por eso, pasado aquel infausto período, la iglesia se convirtió en el símbolo de un renacimiento que, unido a la propia concepción del templo -de vuelta a la pulcritud clasicista-, lo han convertido en un icono chiclanero por derecho. Representa, asimismo, “la íntima vinculación de Chiclana con la capital, con su arquitectura y con su economía”, concluye Rodríguez.

Los espíritus celestes de la tradición cristiana -los ángeles- están muy presentes en la producción gaditana neoclásica, generosa en este tipo de elementos (ya fuera en retablos o en ejemplos como el espectacular friso de la iglesia chiclanera, realizado por el riojano Cosme Velázquez). Si bien no fue un ángel, sino el arcángel San Gabriel, quien asignó a San Juan Bautista la difícil misión de servir de avanzadilla a Jesucristo. Así lo cuentan Manuel Meléndez Butrón y Francisco Javier Yeste Sigüenza en “Calles y plazas de Chiclana de la Frontera (Nomenclatura histórica desde 1700)”, donde destacan la figura bíblica, patrón de Chiclana desde 1916 (su fiesta tiene lugar el 24 de junio). El hijo de Isabel -prima de la Virgen María- y Zacarías goza de una consideración especial en la Iglesia, tanto católica como ortodoxa”, dado que es “el último de los grandes profetas del pueblo de Israel”, escriben.

Visitar la Iglesia Mayor de Chiclana

Tal es la importancia de la iglesia de San Juan Bautista que da nombre, incluso, a uno de los barrios de Chiclana. En torno a ella se encuentran algunas de las vías más antiguas de la villa, que se expanden por pendientes hacia los pasajes más bajos de la ciudad. El Centro Histórico es aún más centro en la popularmente conocida como plaza Mayor, cuya nomenclatura oficial es plaza de San Juan Bautista (en honor a aquella iglesia “de bella arquitectura”, según la describió uno de sus benefactores: Nicolás de la Cruz). Visitarla es un mandato, prácticamente, para cualquier huésped, turista o viajero que pase por la villa de Chiclana de la Frontera, ciudad neoclásica.

Texto de Isabel Guerrero para dechiclana.com